Etica e letteratura

El conocimiento

 

La idea de una ética de la literatura basada en su carácter de conocimiento fue explorada por Martha Nussbaum en el volumen Poetic Justice de 1995, que se convirtió inmediatamente en un punto de referencia en el debate sobre el tema.[1] Según Nussbaum, la literatura es una forma de conocimiento típicamente afectiva, empática e identificativa. En efecto, el lector de una novela o de un relato, entra en cada ocasión en la piel de los distintos personajes, comparte sus experiencias y aprende a conocer desde dentro sus sentimientos y sus ideas. Este hábito de ensimismarse en los otros, característico del papel del lector, no puede sino aumentar su tolerancia y su comprensión en la vida cotidiana, porque promueve cierta pluralización del sujeto que lo hará menos dogmático y más democrático. En segundo lugar, presentando cada personaje en su individualidad, la novela ayuda a eliminar aquellos estereotipos que a menudo condicionan la opinión más difundida, en la que con frecuencia a una persona individual, con su historia y su especificidad, se la engloba en una categoría general (por ejemplo, los inmigrados, los políticos, los estadounidenses), categoría a la que se le asocia un valor negativo (la transgresión a las leyes, el parasitismo burocrático, el imperialismo materialista), y el individuo termina por ser objetivado en la dicotomía nosotros/los otros o amigo/enemigo. Por el contrario, la literatura, por su riqueza perceptiva y por la especificidad de los conocimientos humanos que transmite, se opone, de hecho, a estas simplificaciones descriptivas, que en general preludian la exclusión, la marginación y la violencia.

 

Más en general, la conciencia de que la literatura es una forma de conocimiento participativa y afectivamente connotada atraviesa también, con evidencias de primer orden, la filosofía continental de los últimos dos siglos. Ya Kant en la Crítica del Juicio, afirma que «lo bello nos prepara a amar algo, también a la naturaleza, sin intereses»;[2] y en el acto de diferenciar, en términos propiamente éticos, lo bello de lo sublime, evidencia que la experiencia de lo bello suscita en quien lo contempla (o lo lee) «un sentimiento de amor y de íntima inclinación».[3] En términos análogos se pronuncia también Hegel en la Estética:

 

«Pero, a los ojos de la concepción y de la configuración poética, cada elemento, cada momento debe ser en sí mismo interesante, por sí mismo vivo, y esta se demora con júbilo en lo singular, lo describe con amor y lo trata como una totalidad en sí misma».[4]

 

El carácter afectivo y participativo del conocimiento literario está claramente presente también en la famosa distinción de Dilthey entre el Verstehen de las ciencias humanas y el Erklären de las ciencias naturales. En efecto, el primero es una forma de conocimiento (o comprensión) ensimismadora, en el que el sujeto está personalmente implicado en lo que conoce, mientras que el segundo es típico del método científico y comporta más bien una toma de distancia del objeto observado. Siguiendo con esta línea conceptual, Gadamer, en Verdad y método, teoriza el conocimiento artístico como fusión de horizontes, como proceso circular en el que lo que es conocido  no es "otro" respecto a quien lo conoce, sino que es simplemente el segundo polo de una relación con carácter dialógico.

 

También los escritores y los poetas, como era de prever, han reflexionado sobre el hecho de que la literatura, en cuanto forma de conocimiento afectivamente connotada, permite una comprensión del mundo más rica y articulada de la puramente lógico-conceptual. Entre otros muchos, se puede recordar a Leopardi, que en un pasaje de Zibaldone parece que anticipa la polarización diltheyana entre Verstehen y Erklären.

 

«No basta con entender una proposición verdadera, hay que sentir su verdad. Hay un sentido de la verdad, como lo hay de las pasiones, de los sentimientos, de las bellezas, etc.: hay un sentido de lo verdadero como de lo bello. Quien entienda esa verdad, pero no la sienta, entiende lo que significa, pero no entiende que sea verdad, porque no experimenta su sentido, o sea, su persuasión».[5]

 

Una ética de la literatura basada en su carácter de conocimiento permite aclarar lo que, a primera vista, podría parecer un problema bastante serio, que surge cuando una obra literaria presenta y describe explícitamente el mal (la violencia, la crueldad, el abuso, el desprecio), es decir, lo contrario de lo que es ético. Uno de los ejemplos históricamente más significativos en este sentido lo brindan Las Flores del Mal de Baudelaire, una obra que ya desde el título propone como tema central la belleza del mal: no solo en clave de estetización (presentar el mal de una forma bella, elegante, poéticamente impecable), sino también, y sobre todo, en el sentido de que el mal es "bello", es decir, complace realizarlo. Esta es una verdad incómoda pero difícilmente refutable, dado el continuo proponerse del mal mismo; pero su conocimiento es esencial en toda reflexión ética madura y consciente. Precisamente en el signo de esta toma de conciencia, incluso independientemente de Las Flores del Mal, la literatura se propone como lugar principal para el conocimiento del mal, en cuanto contexto expresivo en el que se conoce el mal en profundidad, de manera directa y ensimismadora, aun sin practicarlo o sin padecerlo factualmente, como ocurre en el mundo real. Como es obvio, la literatura que habla del mal (que lo describe, lo articula y lo conoce) es problemática, y exige del lector una lectura de segundo grado, no ingenua o de adhesión inmediata. Ahora bien, en realidad, lo que de verdad es problemático es el mal, no la literatura que lo conoce y lo interpreta.

 

En conclusión, también las obras que describen el mal, que lo proponen en su desplegarse y lo presentan como bello y agradable de realizar, son útiles y en ocasiones irrenunciables desde el punto de vista ético. Pero si esto es verdad, esta toma de conciencia pone en tela de juicio la concepción tradicional de la ética literaria basada en el contenutismo edificante, según el cual solo la obra que propone mensajes positivos (o, si contiene modelos negativos, los presenta explícitamente como tales, recurriendo a juicios directos o asignándoles un destino desastroso) puede tener un valor moral.



[1] Martha C. Nussbaum, Poetic Justice. The Literary Imagination and Public Life, Beacon Press, Boston 1995.

[2] Immanuel Kant, Kritik der Urtheilskraft, en Kants Werke. Akademie-Textausgabe, Bd. V, De Gruyter, Berlin 1968, p. 267.

[3] Ibid., p. 271.

[4] Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Vorlesungen über die Ästhetik, III, Die Poesie, hrsg. von Rüdiger Bubner, Reclam, Stuttgart 1971, p. 35.

[5] Giacomo Leopardi, Zibaldone di pensieri, a cura di Anna Maria Moroni, Mondadori, Milano 1983, I, p. 229 [349].